
La imagen que tengo sobre la vida es la de una gran pista en donde encontramos baches o badenes, y nosotros somos los que tomamos la decisión de virar el timón para evadirlos o nos atrevemos a pasar por encima. Y así nos la pasamos mientras avanzamos indefectiblemente hacia el final del camino. Lo cierto es que nuestras decisiones nos enfrentan con nosotros mismos y entran en juego muchas variables de nuestra personalidad, tales como la crianza o la condición física y mental. Estas se conjugan con factores externos como la situación económica, política y social. La gran pregunta es ¿estamos preparados virar el timón o seguir adelante?
De los errores se aprende, reza el dicho. Sin embargo, siempre está la cuestión de enfrentarse al problema o huir de él. Ante una situación donde tambalea los cimientos de nuestro yo, el miedo será nuestro peor enemigo. Los que nos hemos acostumbrado a vivir en la zona de confort tendemos a confundir ese miedo con la prudencia, demasiada prudencia, diría yo. Desde mi experiencia personal, he inventado toda clases de excusas para evadir conflictos y huir de una forzosa pelea; lo peor es que no me sentía un cobarde sino, por el contrario, me sentía un “mensajero de la paz”, un bienhechor próximo a la canonización, lo que aumentaba mi conformismo que no contemplaba acabar de una vez por todas con el problema a través de una confrontación directa.
Ante una situación que nos obliga a decidir enfrentar o evadir el problema, siempre hay cierto componente de azar y, en mi caso, fue el azar lo que me abrió los ojos: vi una película la cual me mostró lo atrapado que estaba en mi burbuja; mi círculo de amigos era visto como una extensión de mi zona de confort puesto que todos vivían en la mismas condiciones que yo. También descubrí que era el menos favorecido en ese círculo, puesto que ya no contaba con el apoyo de mi madre quien padecía de un cáncer terminal, lo cual significaba que ya era hora que me haga valer por mí mismo.
Es difícil interiorizar un cambio positivo en la mente de una persona que toda su vida ha vivido al margen, que nunca se atrevió a dar el primer paso, que odia ser el centro de atención. Sin embargo, un punto a favor para mi caso fue no dejarme arrastrar por los espejismos de las frases alentadoras y la psicología de farmacia en internet. El problema, para mí, es que la mayoría tiende siempre a competir con los demás, generando más ansiedad y mayor miedo: no importa lo mal que la estés pasando, lo importante es mostrarles a todos lo bien que te ves y lo exitoso que eres, es decir, mejor esconde tu fracaso tras la máscara de la felicidad que admitir que te equivocaste. Para alguien como yo que ha estado tanto tiempo viviendo bajo las sombras, no le era fácil salir a la luz con una sonrisa de oreja a oreja sin ignorar las taras emocionales de antemano. Entonces, recordé el hermoso libro El crisantemo y la espada de Benedict, sobre la cultura japonesa. Los japoneses, golpeados por una guerra sangrienta, lograron salir adelante, no porque compitieron con otros, sino porque hasta el día de hoy compiten siempre con sigo mismos. A partir de ahí, la tuve clara: la única carrera que emprendería sería en contra de mi yo del ayer, con miras a mejorar mi yo del presente.
No pretendo con esto caer en formalismos psicológicos para comenzar a ver las cosas de otro modo. Cada uno tiene una forma particular de verlas; sin embargo, cualquier pequeño cambio, como deshacerse de cosas viejas, realizar una invitación, o tomar una decisión mínimamente responsable, ya es algo. Poco a poco podemos acostumbrarnos a competir con nuestro yo a la vez que cuestionamos ciertos parámetros que nos atan a la peligrosa zona de confort. Quizás el gran arrepentimiento al final de la gran pista de la vida sea no haberlo intentado nunca.