
Cuando Kaori, coordinadora de la agencia digital en la que trabajo, se acercó a mi escritorio para decirme: «Te acabo de mandar un "correito"», yo todavía no había encendido la laptop, pues acababa de regresar de una reunión para estudiar un nuevo proyecto. Mientras ordenaba mis apuntes, ella seguía en el borde del mueble con una sonrisa congelada en espera de mi respuesta. Atiné a decirle que lo leería enseguida; entonces, con un gesto amable, se retiró a su oficina. En otra ocasión, la directora de mi agencia envío un mensaje al grupo de Whatsapp: «Chicos, les he enviado un "mailcito"», seguido de un emoticono de carita feliz; los demás respondieron con otros emoticonos alegres, hubo quienes escribieron un “gracias!” (sic) de lo más entusiasta, manifestando su disposición de leer dicho email.
Quizás no sea el único, pero cada vez que alguien me avisa en persona o por cualquier medio que me envío un «correito» o un «mailcito», por más amable que suene el aviso, siento una especie de tensión disfrazada de cortesía; pasaré a explicar por qué. En general, sobre todo en el ámbito laboral, el aviso del envío de un «correito» significa que el remitente está deseoso por hacer que su mensaje sea leído por encima de las demás tareas. Aquello podría significar poca cosa, pero si lo analizamos detenidamente, nos damos cuenta del verdadero esfuerzo que hay detrás de atender ese «correito» o «mailcito». Implica, en primer lugar, dejar de hacer lo que uno está haciendo en ese momento para leer detenidamente el mensaje, procesarlo y, en la mayoría de los casos, emitir una respuesta. Cuantas ideas, nombres, direcciones o cosas por hacer quedaron sepultadas para siempre en las arenas del olvido por responder al famoso «correito» (y aquí no hay sonrisa o emoticono feliz que valga). En segundo lugar, la mayoría de los remitentes adictos a los canales digitales no toman en cuenta el estrés que generan en el receptor al pedirle que lea su mensaje de inmediato, por más que empleen frases querendonas. Tal parece que abusamos del poder del correo electrónico; muy aparte de ser portador de buenas o malas noticias, lo cierto es que nos ahorra tiempo, pero también resulta una carga el tener que leer todos y cada uno de los correos electrónicos para ser llamados simplemente como «correitos».
No obstante, ocurre una situación inversa cuando una persona se ve obligada a enviar un correo electrónico para poder ser atendida. Cuando fui a hacerle una consulta al programador de mi agencia, este me respondió de manera amable: «Tendré una reunión dentro de poco, pero mándame un "mailcito" y lo veo». Un día, fui a casa de una prima para pedirle unos datos sobre un trámite; me dijo: «No tengo a la mano el documento, pero envíame un "correito" y te aviso». Estaba claro que mi espera sería desde ya más que prolongada. Nuevamente, apelamos a la burocracia del «mailcito» para evadir un asunto, solo que esta vez el correo electrónico será leído (si es que uno tiene la suerte de que lo lean) después de mucho tiempo. A veces sucede que cuando la espera es demasiado larga, el remitente se encuentra en la disyuntiva entre mandar otro email para avisar que lea el correo anterior o, por último, avisar en persona o a través de un mensaje al Whatsapp para decir: «Te mandé un '"correito"», valiéndonos de gestos amables para no caer antipáticos. No obstante, es así cómo caemos sin darnos cuenta en el círculo vicioso de la burocracia digital.
Todo esto carecería de importancia si no fuera porque en el Perú, tenemos la costumbre de engañar al interlocutor apelando indiscriminadamente al diminutivo para significar no solo cariño o cercanía, sino también lo contrario de lo que queremos decir: «Mándame un "mailcito" y te respondo» (ya sabemos el tiempo que le tomará al receptor en leer y responder ese email); «En un "ratitito" le atiendo» (Fernando Iwasaki hizo un interesante análisis sobre el uso del diminutivo en español de américa llevado al extremo de lo absurdo: mientras más -itos o -itas tenga una palabra, más dilatado será el tiempo y el espacio); «Faltan unas "cuadritas" y ya llegamos» (podemos hacernos una idea de las dimensiones reales de esas cuadras); «Déjame más "allacito", por favor» (como está la situación económica, ese «allacito» puede equivaler a muchos soles perdidos en gasolina). Como vemos, en uno u otro caso, el uso del diminutivo también implica una burla descarada hacia el oyente porque le vende, con lisonjera entonación, la falsa idea de pequeñez cuando en realidad hay un tiempo y espacio excesivamente dilatados. Una manera tan nuestra de evadir la realidad cuando las cosas se ponen difíciles.
Volviendo al «correito» o «mailcito» , en una época donde proliferan canales digitales con capacidad de respuesta inmediata, el correo electrónico todavía es, y seguirá siendo, un medio formal para dejar prueba de un hecho o una acción; sin embargo la burocracia digital la originan los usuarios que prefieren traspapelar sus obligaciones y los usuarios víctimas de la ansiedad, enfermedad muy acorde con estos tiempos donde prima la inmediatez, quienes intentan equiparar el correo electrónico al tipo de mensajería instantánea con su demanda de una pronta respuesta. Una posible solución para evitar ser parte de este círculo vicioso podría radicar en sintetizar el mensaje, y, según la importancia, dar un adelanto de contenido del email en persona o por mensajería instantánea: «Mañana habrá un estatus a las 8:00 a.m., más detalles en el correo que te envié» o «Desde hoy se usará un nuevo módulo, más detalles por correo» Mensajes de ese tipo, sin necesidad de la sonrisas o emoticonos hipócritas, podría ayudar a agilizar el tráfico los correos electrónicos y tener un -ito menos en la idiosincrasia peruana.