11 Feb
Pisco

Su presencia foránea brillaba por encima del mar de cabezas oscuras como terciopelo negro bajo la luz de los faroles. Había cruzado el charco para subir las cumbres milenarias de ese país lejano, pero antes debía pasar por la capital para probar aquella bebida de la que tanto había oído hablar. Y qué mejor forma de hacerlo que en el mismo lugar de origen, cuyas ruinas de su antiguo imperio la había fascinado desde pequeña. Sin duda, sería el centro de atención al publicar fotos del majestuoso paisaje en las redes sociales. Esperaba con ansias compartir su travesía al país de los Andes con sus amigos de la universidad de Dublín en esas reuniones en el pub de la Clarendon Street, y, para hacer más impactante su historia, les mostraría fotos inéditas tomadas a miles de kilómetros de distancia.

Había llegado hace dos días a la otrora Ciudad de los Reyes, la acompañaba en su excursión una legión de jóvenes estudiantes que conoció en el aeropuerto de Londres. Mientras caminaba con el grupo por típicas calles coloniales en dirección a la antigua iglesia San Pedro, sintió que el mundo era un acordeón que se encogía y se expandía al notar la presencia del viejo continente en balcones, arcos y cúpulas pudriéndose bajo un plomo nostálgico. A sus oídos llegó la mezcla de instrumentos andinos, gritos de alegría y música pop que parecía festejar su llegada. Sintió una terrible curiosidad por saber qué significaba ese alboroto. Había pasado dos días visitando bibliotecas, museos y monumentos; ahora tenía ganas de hacer algo distinto. Su espíritu aventurero la llevó a separarse del grupo para ir sola en dirección al origen de aquello que la inquietaba, no sin antes convenir con el grupo para verse en el restaurante El Cordano para cenar.

La feria se había instalado en el centro de la Plaza Mayor, los parlantes vomitaban sinfonías del trópico y una mezcla de olores y colores exóticos la atravesó. Todo estaba armado para celebrar el encuentro (¿o desencuentro?) del mundo con la bebida emblemática del país, gracias a una resolución ministerial que declaraba Día Nacional del Pisco cada cuarto domingo de julio. Parecía que la suerte le estaba sonriendo en esa tierra lejana. Varios destacamentos del sur improvisaron bares frente a la antigua catedral, miles de inexpertos catadores se apostaban en las barras para saborear la mezcla exacta de jugo de limón con el acedo elixir de uva al alcance de todos los bolsillos. 

Por un momento pareció sentirse en Singapur, solo que había un cielo gris que coronaba la celebración. Cuando acercó su nariz a un puesto de la promocionada bebida se topó con la sonrisa de un joven apuesto. Tenía la piel bronceada, era atlético y llevaba una ligera barba, parecía un rockstar con gafas oscuras, chaleco de cuero y tatuajes. Ella le devolvió la sonrisa como parte ese coqueto juego de miradas. Al poco rato él se acercó a su lado; hablaba su lengua con un sensual acento latino. Había iniciado la conversación explicándole el motivo de tanto movimiento en la plaza y sobre las opciones que podía disfrutar en la feria. Después de la correspondiente presentación, él hombre le contó que había aprendido inglés porque un tiempo vivió en Miami, donde solía correr olas, pasión que sigue ejerciendo en las playas del sur de la ciudad. Ella le contó que había llegado con unos amigos, pero que había decidido separarse para respirar aire fresco y hacer algo distinto. Con una amable sonrisa el hombre se ofreció a guiar sus pasos en esa selva de rostros curtidos por el sol y bancas de mármol percudido. Le contó algo de historia de la ciudad con datos increíbles que no parecían concordar con lo que ella había leído en Google. Al ver la confusión de la foránea, el hombre confesó que todo era mentira y que solo quería impresionarla, acaso debió ver su cara de inocente. Para enmendar su broma, la invitó a probar los extraños potajes que eran servidos en la misma plaza con la anuencia de la municipalidad. Ella aceptó algo sorprendida, hasta sintió cierta simpatía por el apuesto guía. Cada platillo que desfilaba ante sus ojos verdes era registrado por el lente de su celular, también se tomó algunos selfies con rechonchas vendedoras y  corpulentos agentes de seguridad.

A continuación, pasaron a los puestos de bebidas. Esto era lo que ella estaba buscando desde que llegó a la capital; después del primer trago sintió que el concurrido coctel estallaba en su paladar con un dulce ardor que se extendía por todos los rincones de su cuerpo. Los siguientes tragos dieron pie a una agradable y divertida plática sazonada por las bromas del hombre y la cuchipanda. Los efectos del coctel se manifestaron en desinhibidas muestras de confianza entre ambos, instalando en el rostro de la joven una prolongada sonrisa, sus pies y manos adquirían voluntad propia bajo el carnaval de todas las sangres. Sin darse cuenta, sus caderas estaban marcando el ritmo de un sensual beat proveniente de los parlantes. El hombre le propuso dar algunos pasos en la improvisada pista de baile en el centro de la plaza. Ella accedió con cierta reserva, pues nunca se había atrevido a moverse al ritmo de esos graves, pero el deseo de aventura pudo más. Por un momento tuvo miedo de extraviar una de sus sandalias traídas de la India, pero sufrió un pisotón con la bota de cuero de su nuevo guía, quien se disculpó arrodillándose para sobarle devotamente los dedos del pie seguido de un cariñoso abrazo.

El calor había cobrado las primeras prendas; él se despojó de su chaleco, ella de su suéter mostrando sus pálidos brazos. Estuvieron largo rato bebiendo e imitando los movimientos más atrevidos vistos en internet hasta que, algo cansados, se retiraron hacia el primer puesto de comida. El hombre propuso ir por más elixir de uva, pero ella sabía que ya habían bebido bastante, su estómago no estaba acostumbrado a la sobrecarga, pero tampoco quería ofender a su acompañante. Él la tranquilizó con su encantadora sonrisa diciéndole que sería la última copa de la noche. Cuando vio que su guía se alejaba en pos de los cocteles, ella sintió un leve estremecimiento que intentó aplacar con un caramelo de menta. No había qué temer; había personal de serenazgo en las esquinas, familias con niños, ancianos, gente de todos los sectores sociales departiendo en ese espacio alquilado por las autoridades para el solaz de sus ciudadanos y así poder sacar partido de ellos en las próximas elecciones.

Mientras se aferraban a sus copas de plástico, ambos se abandonaron a los juegos de pies y manos, a las bromas, a la risa inmoderada, contagiados por la música alegre. Él la invitó a bailar una segunda vez, pero ella comenzó a extrañar a sus compañeros turistas que debían estar en algún rincón de la interesante ciudad estrellando vasos. Tal vez sea hora de llamar a Helen o a Gustav. Vio que apenas le quedaba una rayita de batería en el celular; Goodness! no debió tomar demasiadas fotos, apenas le alcanzó para pegar un par de timbradas a Helen antes que su celular muriera. Él insistió en bailar con una suave caricia en sus hombros. Sin celular y con el cuerpo achispado por la bebida, más el remordimiento de tener que regresar temprano al hotel mientras los demás se divertían, aceptó. No le van a creer su aventura en aquella plaza.

El paso de las horas invisibilizó a la dispar pareja mientras la feria era inundada por un mar de gente. La noche tomó posesión junto con el repertorio de las “más sonadas” y fueron asaltados constantemente por ritmos pegajosos. Ella iba cediendo terreno ante las pequeñas conquistas del simpático hombre quien ya la tomaba por la cintura. Se dejaba llevar por él como si estuviera aprendiendo a nadar en ese oscuro mar de cabezas. Pasaron las horas y ella ya no sentía los pies. Deseaba parar y beber solo agua. Antes de decir stop, aparecieron dos vasos más de coctel frente a sus ojos. El hombre la animó para hacer el reto del seco y volteado. Intentó resistirse pero no contaba con su tonto orgullo que la llevaba a tomar riesgos. Cogió el vaso mientras miraba desafiante a su retador, él le devolvió la misma mirada de boxeador y ambos engulleron en un solo movimiento todo el contenido de sus vasos. Había un grupo de desconocidos que estuvieron observando la escena, estos aplaudieron y celebraron la proeza de la joven. Ella se sintió como una celebridad. Bailó como nunca lo había hecho; los niños señalaban a la singular pareja, los hombres aplaudían sus pasos, algunas madres le regalaban desdentadas sonrisas. Se dio cuenta que estaba divirtiendo a un público selecto. No le importaba que sus mejillas le ardieran, hasta que de pronto sintió que el piso se perdía bajo sus pies. Antes de ser tragada por aquella confusión intentó salir de la pista de baile, pero fue arrastrada por una segunda ola hacía el centro de la plaza. Logró aferrarse del muro de la pileta, pero apareció el hombre quien hizo que su mano soltara la piedra. Al ritmo del beat, él se colocó detrás de ella, sujetando sus brazos por detrás de la espalda. Aquello ya no era un baile; era una lucha disfrazada de sonrisas y tropezones. Ella intentó detenerlo, pero no le salían las palabras. Se sentía torpe, pero también peligrosamente divertida y cansada a la vez. Él acercaba su cara cada vez con más ímpetu a sus labios pero ella lograba esquivarla, hasta que el hombre sujetó su rostro con ambas manos; ella retrocedió incómoda pero sin dejar de sonreír. Nuevamente intentó escapar de la pista de baile pero surgía un brazo que la tomaba por la cintura, luego otro, y otro más como infinitos tentáculos que la retenían. Sabía que cualquier cosa podía pasar a estas alturas; sin embargo, siempre estaba su estúpida sonrisa, algo desfigurada por el coctel de marras, lo que motivaba a su acompañante a pegarse más a ella. El hombre la empujó suavemente con su cuerpo hacia la parte más oscura de la plaza; le dijo al oído que le gustaría hacer con ella lo que decía la letra de la canción, no era necesario que le traduzca la letra, bastaba sentir sus manos que recorrían su cintura y su aliento quemándole el rostro. Ella, que había sido tímida toda su vida, empujó al hombre y salió tropezando del centro de la plaza en dirección a una familia que se hallaba en una de las mesas instaladas. Él le cerró el paso con su cuerpo; esta vez ella no tuvo reparos en expresar su malestar; con el ceño fruncido y con la lengua arrastrada soltó un “¡Fuck you!” seguido del dedo del medio, pero él ya estaba de rodillas en su papel de súbdito implorando perdón. Solo su encanto latino pudo convencerla de ir por una última cerveza y luego la acompañaría a buscar a sus amigos.

Ella no tendría forma de saber que él no se detendría, que no se cansaría; ella se había vuelto en su obsesión. No podía saber que él estaba acostumbrado a tener lo que quería, que su madre le cumplía todos sus caprichos, que su padre era quien pagaba los daños de su auto estrellado tantas veces al regresar ebrio de una fiesta. No, él no se detendría, menos ahora que el elixir de uva hierve en sus gónadas de macho alfa. La haría beber hasta que olvide su nombre y su cara. La haría beber hasta que las cosas se salgan de control. Desaparecerían sin que nadie haya visto nada. No tendría piedad ante sus súplicas, se burlaría de sus lágrimas. Se imaginaba ser el centro de atención en la próxima reunión de amigos. Les contaría su travesía en dicha feria, y, para hacer más impactante su historia, les mostraría las fotos tomadas a su hollado trofeo venido de las Europas, aquella criatura que antes de perder el conocimiento trató de defenderse hasta el último momento, pero ya las fuerzas las había dejado en esa improvisada pista de baile en el centro de la ciudad.

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